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Y su luz se apagó.

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Joaquín Saénz 1931-2017. Mi modesto homenaje a este gran pintor sevillano de buenas maneras y mejor hacer. La obra de Saénz no puede pasar desapercibida para los amantes de la pintura y para ningún sevillano. Saénz es el pintor por excelencia de paisajes y espacios íntimos, esos espacios que como bien dice mi amiga María Río Lameyer, también pintora y buena paisajista, reflejan el silencio, la tranquilidad y quietud de Saénz. La obra de Joaquín, de marcado carácter impresionista y algunos rasgos cubistas sacan a la pintura sevillana de ese ostracismo decimonónico que se hayaba postrada. Gran maestro de gradaciones tonales y gran figuración, podemos decir que con él y con sus grandes amigos Teresa Duclós, Carmen Laffón o José Luis Mauri entre otros, se inaugura un nuevo panorama en la pintura sevillana, aventurandome a decir la creación de una nueva escuela sevillana de pintura. Saénz es el pintor de la luz y de la atmósfera, algo que ya inventó otro sevillano, Murillo, en los cuadros...

Rabos de cochino en la Giralda

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Si, no se sorprendan, en la Giralda hay rabos de cochino. ¿Tendrán que ver estos rabitos de este suculento animal con el triunfo de la fe cristiana?, fe que ya coronó la torre alminar allá por el XVI en forma de mujer giganta y vientre abultado, aplastando con sus enormes pies a todo el mundo musulmán. De todos es sabido que nuestros antepasados habitantes de Isbiliya no comen cochinos, así que bien se pudiera considerar que estos rabitos enroscados son talismanes para proteger a nuestra gran torre de un posible ataque musulmán, además de estar permanentemente protegida por nuestras Santas Patronas Justa y Rufina, como ya lo hicieron en el siglo XVIII, sujetandola para que no cayera durante el terremoto de Lisboa, por Santa Juana o la giganta, querubines y ahora también la protegen rabos de cochino, a ver quien se atreve con la turris fortissima. La realidad es que tras la reciente restauración de la fachada oeste de la Giralda, se han colocado unos elementos metálicos, llamados ra...

La mujer barbuda de la Catedral

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En mis numerosas visitas o paseos por la Catedral muchas mañanas, veo como el magno templo se ha convertido casi en un parque temático, cosa por una parte que agradezco, ya que ahora la Catedral se encuentra perfectamente iluminada pero por otra siempre pienso en lo que diría o más bien haría el Cardenal Segura si levantara la cabeza, viendo corretear y vociferar a tal cantidad de turistas que pasan por allí a diario Pues bien en estos paseos siempre encuentro un detalle en algún recóndito lugar que antes había pasado desapercibido, y éste es el caso de mi nueva entrada. No se asusten con el título ni esperen encontrar en la Catedral ningún freak show o circo de los horrores, aunque entre tanto mártir quemado, degollado, devorado, monjas que beben sangre, estigmas, apariciones etc etc, se podría hacer un guión de una próxima temporada de American Horror Stories. Volviendo al tema que nos ocupa, el otro día en una de mis visitas me llamó la atención un cuadro que se encuentra en la ca...

Los viajes de un cuadro

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En 1666 Murillo pinta para el Retablo Mayor del Convento de Capuchinos de Sevilla, aquel que se encuentra en la Ronda histórica de la ciudad oculto tras una espantosa Gasolinera Repsol, una de sus mejores obras, El Jubileo de la Porciúncula. Si bien la vida de esta obra prometía ser tranquila, realizada para la contemplación y rezo espiritual de todos los visitantes a la Iglesia del Convento, los avatares de la convulsa historia de España en el siglo XIX, convirtieron a esta obra en una gran viajera. Cuando los franceses llegaron a Sevilla en 1810, en esa invasión Napoleónica, traían una lista de deberes que se las había dictado el Mariscal Jean de Dieu Soult, y estos franceses muy obedientes la realizaron muy bien. Esta lista de deberes era muy explícita, y en ella se detallaba todos los cuadros de Murillo con los que el Mariscal se había encaprichado entre ellos figuraban los veinte Murillos de Capuchinos. Pero lo que no sabía Soult que los monjes se  la jugarían (con la Iglesi...

El sopor de una tarde de agosto

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Corría el año 1662 del mes de agosto en Sevilla y Bartolomé Esteban Murillo como cualquier sevillano más, se quedó dormido en una estancia que puso en penumbras para mitigar esas altas temperaturas de los estíos sevillanos, si bien en verano trasladaba sus habitaciones a la planta baja de la casa que había adquirido en el barrio de Santa Cruz, en la calle Santa Teresa número 8, posiblemente se habría tomado un descanso vencido por el sopor del calor y abandonando pinceles y morteros habría caido en un profundo sueño. Que soñó Murillo? Sólo él podría contarlo, de lo que si estoy seguro que algo de lo que soñó tuvo que ver con la interpretación del cuadro El Sueño del Patricio Juan, que Justino de Neve le encargó para la Iglesia de Santa María la Blanca. El genial maestro traslada a un Patricio romano del siglo IV a la Sevilla del siglo XVII, traslada una lujosa estancia de un palacio romano a una estancia de una casa sevillana del Barrio de Santa Cruz, y nos sumerge a todos los es...